Durante unas horas, hubo motivo para celebrar. México logró quedar fuera de la nueva oleada de aranceles anunciados por el presidente Donald Trump, que apuntan a decenas de socios comerciales en todo el mundo. Sin embargo, la alegría duró poco: la realidad de una economía global interconectada dejó claro que, aunque se eviten las sanciones directas, las consecuencias se hacen sentir igual.
La presidenta Claudia Sheinbaum atribuyó la exclusión al acuerdo comercial firmado con Estados Unidos y Canadá durante la primera administración de Trump. Según dijo, el tratado fue clave para evitar que los productos mexicanos fueran gravados. Pero también reconoció que aún hay desafíos pendientes, como los aranceles del 25% que siguen vigentes sobre autos, acero y aluminio.
Durante su última conversación telefónica con Trump, Sheinbaum aseguró haber confirmado que, al no haber medidas similares por parte de México, su país no sería blanco de represalias. A pesar disso, su gobierno ahora acelera planos para fortalecer la producción nacional y reducir la dependencia de insumos importados.
El secretario de Economía, Marcelo Ebrard, fue más cauteloso. Aunque celebró que productos como aguacates, ropa y electrónicos sigan entrando a EE.UU. sin impuestos, advirtió que “no está garantizado que el acuerdo de libre comercio sobreviva”.
En su visión, en un mundo donde los aranceles vuelven a marcar las reglas, mantener el tratado es una ventaja competitiva enorme para México.
Expertos también ven una oportunidad. Oscar Ocampo, del Instituto Mexicano para la Competitividad, sostuvo que Estados Unidos se está cerrando al mundo, pero “menos con México”, y eso representa una ventana que hay que aprovechar. Sheinbaum busca justamente eso: motivar a las empresas locales a exportar bajo las reglas del tratado, incluso si eso requiere ajustes en sus cadenas de suministro. Mencionó a grandes automotrices alemanas como ejemplo.
Aun así, los efectos de la incertidumbre no tardaron en llegar. Stellantis, fabricante de marcas como Dodge y Jeep, anunció que suspenderá la producción en su planta de Toluca durante abril para evaluar el impacto de las medidas estadounidenses. La compañía emplea a más de 15.000 personas en el país. En paralelo, plantas en Canadá y EE.UU. también detendrán temporalmente sus operaciones, afectando a unos 900 trabajadores.
Como respuesta, Sheinbaum impulsa el “Plan México”, una estrategia para impulsar la producción nacional. Uno de sus pilares es el desarrollo de autobuses eléctricos en colaboración con universidades, el gobierno y empresas como Megaflux y Dina. El modelo Taruk, cuyo nombre significa “corredor del desierto” en lengua yaqui, ya se está fabricando. Según su director general, Roberto Gottfried, 70% de sus componentes son nacionales. Las baterías, eso sí, aún llegan desde China.
Para Gottfried, el tamaño del mercado interno mexicano es clave para sostener este tipo de proyectos frente a los vaivenes globales. Con un tercio de la población usando transporte público a diario, el potencial es inmenso.